Los dos tienen 40 años en estas fotos.
Los dos nacieron en la pobreza.
Los dos llegaron a la cima.
Los dos fueron son y serán héroes.
Pero sus cuerpos cuentan historias distintas.
No es solo disciplina vs. descontrol.
No es solo gimnasio vs. excesos.
No es solo “mirá cómo terminó uno y cómo terminó el otro”.
Es otra cosa.
Es cómo cada uno sostuvo su historia familiar.
Es cómo uno metabolizó la exigencia y el otro el abandono.
Es cómo uno se volvió su propio padre, y el otro, el hijo eterno de una madre omnipresente.
Cristiano es el perfeccionismo llevado al extremo.
El hijo que salvó a su madre, que renunció a su infancia para ser el proveedor.
Su cuerpo habla de control, de sacrificio, de “si no soy perfecto, no valgo”.
Maradona, en cambio, cargó con el linaje de los excluidos.
El que no encajaba. El que fue amado por millones pero no por sí mismo.
Su cuerpo habla de carencia, de rabia acumulada, de lealtad ciega al barrio que nunca lo soltó.
Uno llevó el trauma como armadura.
El otro, como herida abierta.
Desde una mirada sistémica y transgeneracional, ambos no fueron solo hombres:
fueron el resultado de sus clanes, de sus heridas, de sus silencios y de sus códigos invisibles.
Y así como el alma herida se expresa en la voz,
el alma no escuchada…
se manifiesta en el cuerpo.
¿Qué ves cuando mirás estas dos imágenes?
¿Cuál de los dos te incomoda más… y por qué?
¿Qué parte tuya ves reflejada en uno… y negada en el otro?
Porque talvez no hay buenos ni malos.
Hay cuerpos que gritan lo que el sistema calló.
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